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por Cristóbal Ramirez


Un aplauso para Bogotá: la capital colombiana lucha encarecidamente por derribar prejuicios y que no se le asocie a la guerrilla y la inseguridad. El turista, nada más poner el pie en la ciudad, se da cuenta de la alegría que trae hasta el interior los vientos del Caribe. Con una extensión de 385 kilómetros cuadrados, esta megaurbe resulta amable, irresistible, acogedora. Si no, fíjese en la siguiente imagen: los camareros, en lugar de preguntar “¿qué desea tomar?”, sorprenden con un “a la orden, ¿qué le provoca?”. A Bogotá, sólo por eso, hay que quererla. Famosa por la calidad del castellano que habla, aquí hay que practicar turismo sonoro: poner el oído en conversaciones ajenas y descubrir la dulzura de las expresiones latinas. Y como escuchar no es incompatible con mirar, nos tendremos que perder por el barrio de La Candelaria, un centro histórico plagado de edificios coloniales donde en muchos rincones la megalópolis quiere ser pueblito. Ahí está la Casa de la Moneda rodeada de fachadas de colores y balconadas de madera. Y otras tantas callejuelas para olvidarse hasta de uno mismo.

El ombligo de La Candelaria no podía tener otro nombre: Plaza de Simón Bolívar, héroe patrio. Siempre está llena de gente, bicis, patinadores, palomas que pican migas y novios que se roban besos como si no existiera nada más. En la enorme explanada se sitúan, como preparados expresamente para posar ante las cámaras de los visitantes, la catedral, el Palacio de Justicia, la Alcaldía Mayor, la Casa de los Comuneros y el Capitolio (sede del Congreso). Piedra dorada y oscura, fachadas historiadas o racionalistas: la plaza es un desfile histórico desde el siglo XVII hasta el XX. A dos pasos se encuentra la plaza del Chorro de Quevedo, una delicia como de aldea manchega, donde dicen que se fundó la ciudad. La cultura precolombina se preserva en el Museo del Oro, con 9000 piezas de culturas como la muisca y la quimbaya. Del arte antiguo al contemporáneo en un pispás: la Casa Mesa exhibe 123 pinturas y esculturas de Fernando Botero, el genial artista colombiano de figuras orondas. No hay que irse sin contemplar algunas de las numerosas iglesias de Bogotá, como la del Carmen y la de Nuestra Señora de Chiquinquira. Con tanto arte, a uno se le puede abrir el apetito. Ningún problema: se puede comer en la zona C del barrio de La Candelaria o en un ambiente más bohemio en la zona M de La Macarena. Recomendación: platos típicos como tamales en La Puerta Falsa (calle 11). Y después un café suave elaborado con granos de las entrañas del país.

El cerro de Monserrate no nos quita la mirada. Se puede subir en teleférico desde la parte más baja del monte al punto más elevado, a 3190 metros sobre el nivel del mar. Sí, ha leído bien. La altitud media de la urbe es de 2600 y de ahí el famoso y poético lema turístico “Bogotá, 2600 metros más cerca de las estrellas”. Allí arriba hay una basílica y un mercadillo con productos artesanales donde curiosear. Si uno se queda con más ganas de comprar, se puede ir a la Zona Rosa, un barrio joven y moderno con tiendas, hoteles, restaurantes y discotecas. Y ya por allí se puede quedar para rumbear, ese concepto tan colombiano donde se mezcla el comer, el beber y el bailar. Todo al mismo tiempo. Todo con la música a tope.

Datos útiles:

  • Habitantes: 6.076.000.
  • Bogotá tiene una temperatura media de 15 grados durante todo el año, aunque su clima suele ser impredecible. En invierno (enero) y por las madrugadas se puede llegar hasta a nueve grados bajo cero.
  • En Colombia se suele almorzar entre las 12.00 y las 15.00 horas.
  • La moneda es el peso colombiano.
  • Iberia vuela a Bogotá todos los días (hasta 12 vuelos semanales por sentido), directo desde Madrid y con buenas conexiones desde el resto de España y Europa.http://www.iberia.com



publicado originalmente en MeGustaVolar.com

Foto | zug55


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